
Cuando hablamos de autismo (TEA) o TDAH, solemos imaginar perfiles más o menos “típicos”. Sin embargo, lo que consideramos “típico” ha sido, históricamente, modelado por una mirada masculina.
La ciencia, la educación e incluso los criterios diagnósticos han tendido a centrarse en cómo se manifiestan estas condiciones en niños, dejando fuera muchas experiencias de niñas y mujeres.
Esto genera infradiagnóstico, diagnósticos tardíos y una comprensión incompleta del malestar real de muchas personas neurodivergentes.
Tanto el TEA como el TDAH son condiciones con una gran heterogeneidad: no hay un único origen ni una única forma de expresarse. Uno de los factores clave para entender esta diversidad es el sexo y el género.
Estudios recientes muestran que, cuando se utilizan herramientas de detección menos sesgadas, la diferencia entre hombres y mujeres diagnosticadas disminuye.
En muchas mujeres predominan síntomas de inatención, menos disruptivos en contextos escolares y familiares, lo que dificulta la detección precoz.
Cuando se tienen en cuenta estos perfiles clínicos, aumentan significativamente los diagnósticos en mujeres.
Muchas niñas y mujeres desarrollan estrategias sofisticadas de enmascaramiento (masking) para ajustarse a expectativas sociales de género.
Este masking puede facilitar una adaptación aparente, pero tiene un coste emocional alto y dificulta el acceso a apoyo adecuado.
Incorporar la perspectiva de género en clínica no es ideológico: es una necesidad profesional y ética para comprender mejor la realidad de cada persona.
Esta mirada ayuda a detectar manifestaciones que no encajan en estereotipos tradicionales y permite acompañar de una manera más justa, respetuosa y eficaz.

Por qué identificar la comorbilidad y el TEA de base es clave para comprender el malestar y acompañar desde la raíz.